Incertidumbre, Solvencia II y un ruego a los directivos de seguros

Alberto Matellán, Alberto Matellán
Director de Estrategia y Análisis de Inverseguros

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Alberto Matellán
Director de Estrategia y Análisis de Inverseguros

La implantación de Solvencia II parece estar alcanzando velocidad de crucero en nuestro sector asegurador. Esta normativa establece herramientas de control de riesgo en las entidades de modo que se minimice su probabilidad de quiebra. Por tanto, supone que existe dicha probabilidad, la cual es posible medir y modificar mediante herramientas contables y financieras. Algo parecido a creer que, si tiro una moneda al aire, el resultado “cruz” tiene una probabilidad del 50%. Pero las empresas no son monedas, y menos monedas perfectas. Por eso, ese planteamiento sufre al menos tres problemas.

El primero es el propio sentido de probabilidad. ¿Qué significa una probabilidad de quiebra del, digamos, 1%? ¿Acaso que una de cada cien entidades quebrará en un año determinado? ¿O en algún momento de la historia y las demás perdurarán para siempre? En el caso de la moneda está muy claro: de cada 100 lanzamientos, puedo esperar 50 “cruces”. Pero en el caso de las empresas, esa probabilidad carece de un significado real y práctico, lo cual es consecuencia, precisamente, de los otros dos problemas.

El segundo consiste en identificar a todas las entidades como repeticiones de un mismo suceso. El cálculo de la probabilidad normalmente se limita a una extrapolación de la historia pasada. Es decir, cuando tiro una moneda, estoy repitiendo un hecho. Aleatorio, pero al fin y al cabo, el mismo acto. Sin embargo, las compañías aseguradoras no son todas repeticiones. Difieren en su cultura, historia, geografía, mercado, e incluso cada una de ellas cambia con el tiempo. Por tanto, no es posible aplicar en todos los casos los mismos parámetros al cálculo de la probabilidad. Y mucho menos, extrapolarlos al futuro.

El tercer problema se basa en que, en realidad, esa probabilidad no existe. El sector asegurador tiene claro, más que ningún otro, la diferencia entre riesgo e incertidumbre. Pero Solvencia II confunde ambos. Un riesgo se convierte en probabilidad porque tenemos las herramientas y los datos necesarios para ello; es decir, mediciones y una seguridad razonable de que conocemos los hechos que provocan dicho riesgo. Por ejemplo, en el caso de la moneda, sabemos que es siempre la misma, y podríamos repetir la tirada muchas veces, al objeto de recabar la información necesaria para comprobar si está trucada. Pero las empresas y los mercados financieros no cumplen esas premisas. Por el contrario, se enmarcan en la acción humana, la cual depende de decisiones de individuos, sus expectativas, sesgos e interacciones entre sí. Todo esto de ningún modo constituye sistemas con reglas definidas y perdurables. Eso hace que resulte imposible medir todos los posibles resultados y, por tanto, se somete a una incertidumbre que no podemos eliminar.

En este contexto, aplicar herramientas de control de riesgo es doblemente peligroso porque proporciona una ilusión de control que no existe en realidad y, por tanto, puede conducir a una gestión temeraria. El sector asegurador ha sido el más estable en cualquier economía durante toda la historia moderna, al contrario que el bancario. Lo ha logrado gracias a una gestión conservadora que, si bien mide a la perfección los riesgos medibles (actuariales), ha sabido ser conservadora y prudente en medio de la incertidumbre. Como clientes y/o empleados de esa industria, debemos pedir a sus gerentes que mantengan esas buenas costumbres a pesar de Solvencia II. La calidad de los directivos es una garantía mucho mayor que cualquier normativa.